“Oh sí, amaba el amarillo, el buen Vincent, este pintor de Holanda — esos destellos de sol encendían su alma, esa despreciable niebla que necesitaba calor.” -Paul Gauguin, sobre Van Gogh.

Retrato del Dr. Paul Gauchet (1890), Vincent Van Gogh.
Se trata del psiquiatra de Van Gogh, nótese la dedalera junto a sus manos (via: Domestika)
Es bien sabido que Vincent Van Gogh tenía una predilección (rayando en la obsesión), por el color amarillo. Muchos nombres se le han dado a este fenómeno particular de este pintor más que particular: “La visión amarilla de Van Gogh”, “la paleta amarilla de Van Gogh” y mi favorito, por su simpleza y a la vez magnanimidad, “el amarillo de Van Gogh”, porque denota que este hombre, que constantemente sufría una tormenta interna por su neurodivergencia y una turbulencia por el rechazo externo, logró apropiarse de todo un color. Lo que intentaré hoy, en este artículo, es explicarles el origen de esta apropiación de todo un color por parte de un artista, trataré de que por los breves minutos que les tarde leer este artículo, ustedes también puedan tener la visión de Van Gogh. Y lo haré a través de una anécdota en la que tres personas psicólogas, dos de ellas profesionales en salud mental y una un profesional en neurodivergencia, se sentaron a platicar. No para aprender, sino para desaprender.
Se trataba de mi primera consultoría, es decir, la primera vez que cobraba por informar a psicólogues en neurodivergencia, diversidad sexual e identidades neuroqueer (es decir, cuando las dos primeras interactúan al unísono). La verdad es que yo no sabía por dónde empezar, pero decidí que, si mis conocimientos no estaban estructurados, mejor. Así que solo inicié explicando qué es la neurodivergencia, esta forma de entender a los cerebros diferentes más allá del modelo salud-enfermedad, y dejé la plática fluir a partir de ahí.
Al final, la sesión tardó dos horas y media, en las que se dio uno de los diálogos más bellos que he tenido con colegas. Porque me di cuenta de uno de los errores más grandes de la academia psicológica hoy en día: Su pésima forma de enseñar empatía. Un concepto muy común, casi universal en psicología es el de “aceptación incondicional”, esta idea de que no importa con qué venga el paciente, tenemos que aceptarlo y apoyarlo, haciendo poco a poco que se dé cuenta que está cayendo en conductas autodestructivas (insight). Y eso no es un concepto erróneo… Pero sí es un concepto pobre. Pobre y limitado. Porque si yo, psicólogo, aplico la aceptación incondicional, si acepto todo lo que el paciente/cliente me diga, pues… Realmente no estoy haciendo ningún intento por entenderle, por ver las cosas desde su visión del mundo.

“La vida puede derribar hasta al fuerte…” Loving Vincent (2017).
Una aceptación incondicional aplicada desde la heteronorma va a hacer que si yo recibo a una persona de la comunidad LGBT+, yo acepte lo que sea sin cuestionarlo, sin intentar entenderlo, entonces, ¿en qué se basará mi insight? En que la persona piense, sienta y se comporte de acuerdo con lo que yo percibo “correcto” desde mi perspectiva heterosexual cisgénero. Si una persona sin discapacidad recibe en su consultorio psicológico a une paciente neurodivergente y acepta incondicionalmente sus dificultades, el insight esperado se basará entonces en que esta persona neurodivergente se ajuste a su limitada perspectiva capacitista de cómo debe pensar, sentir y comportarse una persona.
Les psicólogues que me contactaron, Emi y Diego, vinieron con esta preocupación. Querían saber, desde mi perspectiva neuroqueer, cómo podían atender mejor a sus pacientes. Y lo primero que hicimos fue desmantelar la visión capacitista de Psicología. Una vez derrumbado este muro pudimos, en dos horas y media, construir puentes. Porque la psicología nos hace ver a la neurodivergencia como una enfermedad o un trastorno, nos hace ver a las personas psicólogas como “profesionales de salud mental” que siempre van a saber más de un trastorno que las personas neurodivergentes que conviven con él a diario. Porque nos hacen temerle a usar la palabra “discapacidad” como si fuera un término peyorativo.
Pero como le expliqué a Emi y a Diego, al ser neurodivergente, entenderte como persona con discapacidad te hace alguien mucho más independiente, te hace quererte y abrazarte de una forma que antes no lo hacías. Y más que eso, te hace solicitar adecuaciones que, de otra manera, ni siquiera habrías buscado. Porque admitir que tienes una discapacidad, invisible pero aún así sumamente real, te hace reconfigurar la forma en que vez el mundo. Dejas de pensar “¿Porqué soy menos?” y empiezas a pensar “¿Cómo puedo adaptarme mejor a un mundo que no fue diseñado para mí?” Y en eso estuvo la clave para que Emi y Diego reconocieran, no solo su capacitismo (que está presente en todes nosotres, en menor o mayor medida), sino para que también buscaran, no entender mejor la “condición” de sus pacientes, sino tratar de ver el mundo como elles lo ven.
Recuerdo que Emi me dijo: “Es que a veces me preocupa que mis pacientes LGBT+ son muy existencialistas, son adolescentes, incluso niñes…” y le expliqué una verdad que le hizo ver las cosas desde nuestros ojos: “Cuando vives LGBT+ en un mundo heterosexual, constantemente se te recuerda una verdad absoluta: Mucha gente piensa que el mundo sería un lugar mejor si no existieras. Eso invariablemente te va a hacer cuestionarte ‘¿por qué existo?’ a temprana edad. Las personas LGBT+ somos existencialistas por excelencia, más no por elección.” Emi perdió las palabras por un momento, nunca había visto las cosas de esa forma.
Y le expliqué que no es su culpa, no se nos enseña a ver otras perspectivas en psicología. Vemos autores. Vemos enfoques. Vemos sistemas. No vemos perspectivas. No vemos realidades. No vemos personas. Eso no le interesa a la academia.
A partir de ahí, les mencioné las fallas del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales — sigla que hace referencia a su denominación original Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), por ejemplo, que el TDAH está configurado basado en una muestra de niños blancos de países privilegiados. En niñas y personas de la diversidad sexual, la hiperactividad no se basa en cosas como “disrupción de la clase”, sino en cosas como verborrea o realizar más de una cosa al mismo tiempo (p.e. dibujar mientras te explican algo). Le expliqué como el factor de disfuncionalidad (paradigma que considera que para que un conjunto de síntomas configure en trastorno, estos deben ser “clínicamente significativos”) está terriblemente diseñado para el autismo, pues se basa en “qué tanto representa un inconveniente la persona autista para les demás” en lugar de “qué tanto malestar le representa a la persona autista su condición”, les expliqué que al estar basado en paradigmas médicos y científicos, el DSM se basa en la “conducta observable” e ignora por completo la experiencia del paciente. Así, cuando una persona Borderline presenta ideación suicida o autolesiones ante dificultades con alguien que le importa, la psicología/psiquiatría lo toma como “tendencia a la manipulación” en lugar de lo que es: Un sentimiento real.
“¿Cómo puedo hacer eso? ¿Cómo puedo crear un espacio seguro para mis pacientes sabiendo que la sociedad de ahí afuera no es así?” me preguntaron. La respuesta que les di fue desgarradora, reconfortante y reveladora en partes iguales: “No puedes. Pero desde que a tu paciente autista le preguntes si requiere que le bajes las cortinas para no sobrecargarse o le pones su música favorita de fondo. Desde que no esperes que las metas de mejora de una persona autista no verbal sean ‘hablar.’ Estás provocando un cambio. Porque les estás enseñando a deconstruir el capacitismo. Les estás enseñando que hay formas de conducirse en un mundo que no les acepta ni está diseñado para elles. A través de enseñarles accesibilidad, más allá de síntomas y trastornos. Les estás enseñando que hay formas de existir y no morir en el intento. Tu tarea primero es aprender cuál es su visión, de ahí te vas a cuáles son sus problemas dentro de esa visión y les ayudas a encontrar sus soluciones a esos problemas.” Al final, elles me agradecieron por prestarles mi visión y yo les agradecí por permitirse desaprender psicología.
Vincent Van Gogh no solo pintó girasoles, también pintó otras flores. Una de estas pinturas, la dedalera, estaba en las manos de su psiquiatra en un retrato que Van Gogh le hizo. Esto es porque uno de los principales sedantes que le recetó al pintor para sus “crisis maniacodepresivas” contenía un extracto de dedalera. Y ese medicamento se caracteriza porque uno de sus efectos secundarios es que quienes lo consumen pueden percibir el amarillo de una forma particularmente intensa (xantopsia). Así que si Vincent Van Gogh no hubiera sido neurodivergente, si no se hubiera medicado, no tendríamos obras como Los Girasoles o La Noche Estrellada. Esa es la visión del mundo neurodivergente, una visión similar pero diferente. Una visión que a veces implica lágrimas y ostracismo. Pero al final de cuentas, una visión increíblemente hermosa si eliges ponerle atención.

La Noche Estrellada (1889), Vincent Van Gogh (via: Salirconarte)
Les psicólogues Emilia Chan y Diego Sánchez, tienen una clínica psiológica infantil, llamada Casa Terakids, pueden encontrarles como @casa.terakids en Instagram.